Entré en el recoleto silencio
al salón de baile.
La inconfundible
música de un vals,
enmarcaba en los espejos
la prístina imagen de la pareja.
Resplandecían con luz propia
al atravesar la opacidad
de las tules envolventes
y donde los caireles
eran las estrellas
de la bóveda celeste.
En giros cadenciosos, interminables,
las figuras de los amantes,
revivían del frío mármol blanco
y del bronce con pátina de café.
En el beso furtivo
el erotismo y la sensualidad,
corporizaban el espíritu latente.
La mirada perdida
de la esclava griega
huésped de sala contigua,
me estremeció
y por un instante,
pensé en los trágicos amores
de Camille y Auguste,
de Francesca y Paolo.
madrid540@uolsinectis.com.ar
martes, 4 de mayo de 2010
sábado, 1 de mayo de 2010
Ausencia---David Antonio Sorbille
In Memoriam
Antonia Rosario Angelone
Mi madre
Acaricié su frente
mientras creía
que la niebla
se disipaba
pero sus latidos
ya no eran los mismos
tenían el sonido
de lo insondable
acaso el último mensaje
de los gestos heridos
que habitó una sala
de un hospital
en madrugada
cuando después
del dolor inesperado
amaneció una calma
que nos abrumó de pena
porque el espejo
de su santa vida
se había partido
en mil pedazos
y una página en blanco
nos cubrió el rostro
y luego los recuerdos:
el ejemplo inolvidable
de su amor de madre
el cariño ilimitado
al titán de mi padre
el saludo final
de su bondad infinita.
davidsorbille@yahoo.com.ar
Antonia Rosario Angelone
Mi madre
Acaricié su frente
mientras creía
que la niebla
se disipaba
pero sus latidos
ya no eran los mismos
tenían el sonido
de lo insondable
acaso el último mensaje
de los gestos heridos
que habitó una sala
de un hospital
en madrugada
cuando después
del dolor inesperado
amaneció una calma
que nos abrumó de pena
porque el espejo
de su santa vida
se había partido
en mil pedazos
y una página en blanco
nos cubrió el rostro
y luego los recuerdos:
el ejemplo inolvidable
de su amor de madre
el cariño ilimitado
al titán de mi padre
el saludo final
de su bondad infinita.
davidsorbille@yahoo.com.ar
sábado, 24 de abril de 2010
Impotencia---Elisa Bernardi
Son niños pero no sueñan.
Dicen que sólo alucinan
y que persiguen estrellas
en el charco de la esquina.
Pasan horas en sus vuelos
que llevan hacia el abismo.
La luna pasa de largo
por sus manitos vacías.
Quien despoja sus conciencias
va llenando su alcancía.
“Y mañana serán hombres”…
innombrable profecía.
Todos sabemos de ellos,
que en las sombras se cobijan.
La impotencia cierra el círculo
en donde el alma se asfixia.
(De “La que sueña en mí”)
bernardielisa@yahoo.com.ar
Dicen que sólo alucinan
y que persiguen estrellas
en el charco de la esquina.
Pasan horas en sus vuelos
que llevan hacia el abismo.
La luna pasa de largo
por sus manitos vacías.
Quien despoja sus conciencias
va llenando su alcancía.
“Y mañana serán hombres”…
innombrable profecía.
Todos sabemos de ellos,
que en las sombras se cobijan.
La impotencia cierra el círculo
en donde el alma se asfixia.
(De “La que sueña en mí”)
bernardielisa@yahoo.com.ar
María Cristina Dalbes
LO MEJOR DE LA VIDA…
-Lo mejor de la vida
lo hallarás siempre
en Dios…
Lo mejor de una espera
es encontrar su Sol
en el silencio
y el rosal…
(siempre es posible
reencontrar Su Voz…)
DIOS…
encendido en fresnos
y milagros
como llama inapagable
y precursora
sujeta a valederas
razones de
la Vida,
del Tiempo
y del Perdón…
… DE TODO LO QUE ESPERAS…
… de todo lo que esperas
ya no te queda nada,
ni el verde irrazonable
ni el muro en su ficción
con un fragor de tiempo
robado a todo riesgo
buscarás-todavía-
la herencia del dolor…
de todo lo que esperas
resumes los silencios,
allí-donde meditas-
como pared de sol
sujeto a un imposible
-como todas las cosas-
ocurre que tu hoguera
importe al corazón…
Rivadavia 731-1617-Gral. Pacheco-Prov. de Bs.As.
-Lo mejor de la vida
lo hallarás siempre
en Dios…
Lo mejor de una espera
es encontrar su Sol
en el silencio
y el rosal…
(siempre es posible
reencontrar Su Voz…)
DIOS…
encendido en fresnos
y milagros
como llama inapagable
y precursora
sujeta a valederas
razones de
la Vida,
del Tiempo
y del Perdón…
… DE TODO LO QUE ESPERAS…
… de todo lo que esperas
ya no te queda nada,
ni el verde irrazonable
ni el muro en su ficción
con un fragor de tiempo
robado a todo riesgo
buscarás-todavía-
la herencia del dolor…
de todo lo que esperas
resumes los silencios,
allí-donde meditas-
como pared de sol
sujeto a un imposible
-como todas las cosas-
ocurre que tu hoguera
importe al corazón…
Rivadavia 731-1617-Gral. Pacheco-Prov. de Bs.As.
Juegos de la mente---María Teresa Brugués
Se disponía a cruzar la calle, cuando lo vio, la sorpresa la paralizó.
Si, no había dudas, era Javier…su Javier pero… ¡viejo! Encorvado, caminando con paso vacilante, con la ayuda de un bastón.
Con lentes, todo el cabello blanco y ralo, delgado, muy delgado.
Quiso acercarse pero no pudo, quería preguntarle ¿qué te pasó?
Comparó su edad con la de él. Apenas le llevaba cuatro años. Y ella había cumplido cincuenta.
Por su mente pasaron años de amor fogoso y apasionado. Sólo hacia un mes que habían concurrido a la Velada de Gala del Colon.El de riguroso smokin, ella hermosa en su vestido azul noche.
¡Cuanto amor entre ellos! ¡Que momentos maravillosos habían vivido!
Suspiró… la mirada perdida. Comenzó a llover. Y bruscamente volvió a la realidad.
Cruzó la calle y presurosa llegó a la casa. Puerta de madera maciza. Tocó el timbre. Al abrir, una voz dulce pero firme la recibió con un reto: ¿Dónde estabas Mercedes ‘? Por el amor de Dios, que susto nos has dado. La Madre Superiora está muy enfadada y te espera una reprimenda. Ya no podrás salir sola, siempre te acompañará alguna de las novicias.
Si te hubiera pasado algo, menudo disgusto le habrías dado a quienes hace cinco años te trajeron a este Hogar.
Anda mira, esta mojada, ¿y el bastón?
Lo perdí, fue cuando lo ví a Javier a mi Javier, de la sorpresa se me cayó y no lo pude levantar. ¡Está tan viejo!, pobre.
Claro – contestó la Hermana- por que tú estas hecha una piba.
Vamos Mercedes, tienes que arreglarte hoy cumples 85 años y abra torta y emparedados.
Despacito tomó la mano de la Hermana y se encaminó a su cuarto.
María Teresa Brugués
yayamaestra@hotmail.com
Si, no había dudas, era Javier…su Javier pero… ¡viejo! Encorvado, caminando con paso vacilante, con la ayuda de un bastón.
Con lentes, todo el cabello blanco y ralo, delgado, muy delgado.
Quiso acercarse pero no pudo, quería preguntarle ¿qué te pasó?
Comparó su edad con la de él. Apenas le llevaba cuatro años. Y ella había cumplido cincuenta.
Por su mente pasaron años de amor fogoso y apasionado. Sólo hacia un mes que habían concurrido a la Velada de Gala del Colon.El de riguroso smokin, ella hermosa en su vestido azul noche.
¡Cuanto amor entre ellos! ¡Que momentos maravillosos habían vivido!
Suspiró… la mirada perdida. Comenzó a llover. Y bruscamente volvió a la realidad.
Cruzó la calle y presurosa llegó a la casa. Puerta de madera maciza. Tocó el timbre. Al abrir, una voz dulce pero firme la recibió con un reto: ¿Dónde estabas Mercedes ‘? Por el amor de Dios, que susto nos has dado. La Madre Superiora está muy enfadada y te espera una reprimenda. Ya no podrás salir sola, siempre te acompañará alguna de las novicias.
Si te hubiera pasado algo, menudo disgusto le habrías dado a quienes hace cinco años te trajeron a este Hogar.
Anda mira, esta mojada, ¿y el bastón?
Lo perdí, fue cuando lo ví a Javier a mi Javier, de la sorpresa se me cayó y no lo pude levantar. ¡Está tan viejo!, pobre.
Claro – contestó la Hermana- por que tú estas hecha una piba.
Vamos Mercedes, tienes que arreglarte hoy cumples 85 años y abra torta y emparedados.
Despacito tomó la mano de la Hermana y se encaminó a su cuarto.
María Teresa Brugués
yayamaestra@hotmail.com
lunes, 19 de abril de 2010
La visita---Norberto I. Pannone
Había escuchado sus pasos, allí nomás, cerca de la puerta de calle. Reconoció aquel andar pausado, el sonido inconfundible de los tacos repiqueteando en las baldosas de la vereda. Era ella, había vuelto. No tuvo dudas. Tal vez ya no estaba tan lejos como se decía.
Aquel sonido, se repitió hasta detenerse justamente frente a la entrada.
El hombre abrió con ansiedad y el viento helado le golpeó el rostro agitando los pocos cabellos blancos que aún resistían.
No había nadie.
La calle estaba desierta. La brisa fantasmal empujaba algunos papeles abandonados por allí, como al descuido. Cerró la puerta.
¿Cómo podría haber oído tan nítidamente aquel inconfundible taconeo? Pensó que, quizá, su imaginación le había jugado una mala pasada.
Se acostó pero no pudo conciliar el sueño.
El amanecer lo encontró sentado con la mirada perdida en la nada de la evocación. Recuerdos de íntimos paisajes sin tiempo ni sol, sin lluvias, de noches absurdas, sin color de lunas.
La noche siguiente se repitió exactamente lo mismo. Y en la subsiguiente también. Dudó un poco. Hoy, los pasos sonaron con más intensidad que en las noches anteriores. Por un inexplicable sortilegio, parecían estar mucho más cerca. Pensó en no abrir. ¿Para qué lo haría? ¿Para volver a percibir el aullido de la calle desierta? No, esta vez no abriría.
Golpearon. Esto era distinto. Alguien llamaba. Esperó un momento… Los golpes en la puerta fueron más apasionados que en las ocasiones primeras.
Se decidió y la abrió.
Y allí estaba ella, con aquel abrigo azul que hacía juego con sus zapatos descoloridas. La miró con todo el amor de siempre.
“Vamos”, le dijo, y lo tomó de la mano.
Él se aferró a la ella y salieron para enfrentar el gélido céfiro del sur. La calle seguía desierta.
Ellos, ya no se detendrían. Los esperaba el venerable camino de la eternidad.
www.norbertopannone.com.ar
Aquel sonido, se repitió hasta detenerse justamente frente a la entrada.
El hombre abrió con ansiedad y el viento helado le golpeó el rostro agitando los pocos cabellos blancos que aún resistían.
No había nadie.
La calle estaba desierta. La brisa fantasmal empujaba algunos papeles abandonados por allí, como al descuido. Cerró la puerta.
¿Cómo podría haber oído tan nítidamente aquel inconfundible taconeo? Pensó que, quizá, su imaginación le había jugado una mala pasada.
Se acostó pero no pudo conciliar el sueño.
El amanecer lo encontró sentado con la mirada perdida en la nada de la evocación. Recuerdos de íntimos paisajes sin tiempo ni sol, sin lluvias, de noches absurdas, sin color de lunas.
La noche siguiente se repitió exactamente lo mismo. Y en la subsiguiente también. Dudó un poco. Hoy, los pasos sonaron con más intensidad que en las noches anteriores. Por un inexplicable sortilegio, parecían estar mucho más cerca. Pensó en no abrir. ¿Para qué lo haría? ¿Para volver a percibir el aullido de la calle desierta? No, esta vez no abriría.
Golpearon. Esto era distinto. Alguien llamaba. Esperó un momento… Los golpes en la puerta fueron más apasionados que en las ocasiones primeras.
Se decidió y la abrió.
Y allí estaba ella, con aquel abrigo azul que hacía juego con sus zapatos descoloridas. La miró con todo el amor de siempre.
“Vamos”, le dijo, y lo tomó de la mano.
Él se aferró a la ella y salieron para enfrentar el gélido céfiro del sur. La calle seguía desierta.
Ellos, ya no se detendrían. Los esperaba el venerable camino de la eternidad.
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Secretos no revelados---Nélida Ojeda
La calle es un vaivén de múltiples figuras que avanzan y desaparecen y se cruzan con ritmo acelerado. Velocidades que calientan un asfalto envejecido. Papeles que atropellan al viento lo confunden con giros imprevistos que terminan al fin en una esquina. Luces imprecisas colgando entre los cables, que juegan a la mancha con la brisa que mueve proyectando sombras y arabescos multiformes. Luces que se encienden y apagan en cada esquina dando señales de alerta al distraído: es fuego, es verde y de pronto se torna amarillo.
La calle es el teatro de la vida, inmenso escenario del flujo y reflujo que da paso a la existencia. Tumulto, atropello, calzados que se mueven en dos piernas apuradas, un bastón que va cansino sosteniendo los años ya vividos.
La calle es la antesala de todas las viviendas, acopio de basura, testigo de gente que la arroja junto con la marca inconfundible de su ausencia de vergüenza; descarga maloliente de perros vagabundos o con dueños distraídos.
Llega la lluvia, y la calle llora lágrimas monolíticas, sin pañuelo, solitaria, silenciosa.
Vuelve el sol; bullicio, desconcierto, escenario donde actúan ideologías que se expresan, se enfrentan, represión, cortes que interrumpen el cruce de peatones y vehículos, uniformes escudados y el arma siempre lista.
La calles el teatro de la vida. Fiel testigo que escucha, que sabe y no habla, testimonia del crimen, de la muerte sin acceso al tribunal de la condena…
¡Hay… si hablara… qué explosión de verdades escondidas…!
Av. Díaz Vélez 4565
Ciudad autónoma de Buenos Aires.
La calle es el teatro de la vida, inmenso escenario del flujo y reflujo que da paso a la existencia. Tumulto, atropello, calzados que se mueven en dos piernas apuradas, un bastón que va cansino sosteniendo los años ya vividos.
La calle es la antesala de todas las viviendas, acopio de basura, testigo de gente que la arroja junto con la marca inconfundible de su ausencia de vergüenza; descarga maloliente de perros vagabundos o con dueños distraídos.
Llega la lluvia, y la calle llora lágrimas monolíticas, sin pañuelo, solitaria, silenciosa.
Vuelve el sol; bullicio, desconcierto, escenario donde actúan ideologías que se expresan, se enfrentan, represión, cortes que interrumpen el cruce de peatones y vehículos, uniformes escudados y el arma siempre lista.
La calles el teatro de la vida. Fiel testigo que escucha, que sabe y no habla, testimonia del crimen, de la muerte sin acceso al tribunal de la condena…
¡Hay… si hablara… qué explosión de verdades escondidas…!
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Ciudad autónoma de Buenos Aires.
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